etiqueta deportiva

Causó curiosidad en las redes sociales este fin de semana el video donde un hombre flaco, con vestimenta de trabajador del campo, asciende por una carretera colombiana en su bicicleta llevando un bulto pesado, mientras un par de extranjeros de los que recorren el mundo a pedal tratan sin éxito de seguir su ritmo.

Lo que sorprende a muchos es como un hombre de más de sesenta años, cuya vestimenta y edad son opuestas a la vitalidad y agilidad que representan los franceses aventureros que se quedan colgados en sus bicis de triatlón, puede sostener un ritmo (bueno, lo que se ve en 10 segundos) constante y sólido con un equipamiento tecnológicamente lejano al que poseen los franceses. Nairo Quintana y Lucho Herrera cuentan historias similares ocurridas en su infancia, donde ellos en sus bicicletas de hierro superaban grupos de deportistas entrenados. Es posible, el talento natural abunda en el ciclismo.

No fue hasta hoy cuando analizaba la cadencia del hombre enjuto, en jean y camisa (a eso nos llevan los videos virales de estos tiempos, a buscar profundidad más allá de la simplicidad que quieren mostrar) que recordé a mi papá protagonizando la misma escena por las carreteras de nuestra ciudad Chinchiná. Su trabajo como comerciante independiente lo hacía moverse entre dos ciudades cercanas, Chinchiná y Palestina, distantes a no más de 6 km. Palestina, mucho más pequeña, un satélite de la actividad cafetera que ebullía en Chinchiná, se eleva sobre una colina cuyo ascenso siempre ha representado un reto para los ciclistas aficionados de la vecindad. Es una carretera estrecha, sinuosa, con curvas pendientes que obligan a pararse en los pedales y que si bien representa apenas un puerto de segunda categoría, la inclinación exige un pedaleo firme y constante para no ser vencidos por la inercia de la quietud. Esta carretera se podía recorrer en un carro (taxis Dodge largos de los años 70 de servicio colectivo) en pocos minutos, pero mi padre, gran aficionado al ciclismo (en esos tiempos salía a diario a recorrer varias rutas montañosas cercanas) cuando por sus negocios necesitaba ir a Palestina y no contaba con mucho tiempo, prefería salir en su bicicleta y evitar el camino hasta el terminal de transporte. Nuestra casa quedaba en la vía a Palestina. Pensaría cualquiera que se ataviaba con ropa deportiva para subir a llevar la mercancia de sus clientes pero prefería mantener la elegancia a la que estaba acostumbrado lucir en Chinchiná, una ciudad de clima templado. Así, entonces, varias veces en las tardes cuando volvía del colegio en la ruta escolar, esta se cruzaba con mi padre que rodaba a buen paso por un tramo plano que atraviesa un lago, el último descanso antes de iniciar la cuesta.

Seguro muchos compañeros se daban cuenta y me decían -ahí va su papá – pero otros se sorprendían de verlo en mocasines, pantalón de paño, camisa blanca (a veces chaleco tejido) y su bolso de cuero terciado a la espalda. ¿Cómo hace? Ni mi madre lograba entenderlo. Es posible que en el camino haya dejado atrás a ciclistas aficionados que iban ataviados con prendas deportivas o en mejores bicicletas. Sólo le conocí a mi papá una bicicleta de ruta, pesada, de piñón fijo, con una relación que le permitía subir cómodo, bajar seguro y sostenerse en el llano esperando lanzar un ataque sutil y demoledor, aprovechando que cuando coincidía con algún lote de compañeros de afición, su pequeña presencia sobre una bicicleta antigua era invisible y poco intimidante.

Hoy, cuando todo deporte arrastra una etiqueta de vestuario y equipamiento, recuerdo a mi papá salir en las tardes, a eso de las 4 o 5, a entrenar usando una sudadera de algodón completa y unos tenis negros de amarrar. Las medias eran de la tela de las toallas, gruesas y absorbentes, capricho o cábala, no sé, y reacio al casco y los guantes. Me acostumbré a verlo así. Llegaba a veces con la noche encima, sudoroso, y cualquiera de los tres que estábamos en casa (mi hermana, mi mamá o yo) debíamos llevarle presurosos una toalla y una jarra de agua. No contaba mucho, creo que nunca contaba su recorrido, si encontró rival o si la cuesta se hizo más dura. A veces salían de la chaqueta de la sudadera , guayabas o mangos, que recogía a la vera de la carretera. Alguna vez llegó con natilla, pues solía pasar por fincas donde lo conocían, y la ruta ciclística se convertía en una tertulia matizada por el atardecer que aparecía detrás de las montañas de café. Le conocí una sudadera azul oscura y otra con visos rojos que le regalamos un día del padre. En los inviernos cuando no secaba la ropa en un día, combinaba un pantalón viejo de dril con una camiseta polo. Por eso, hay días que salgo en bicicleta y  cuando las piernas me pesan, cuando el deseo de poner pie en tierra me invade, me avergüenzo de ver los zapatos de ciclismo atornillados a los pedales, el casco aerodinámico, la lycra conmemorativa de un equipo profesional; todo lo que mi papá no necesitó para ir por nuestra tierra subiendo la cuesta de Curazao, la subida de La Ínsula (mi bestia negra), haciendo la vuelta a Caldas. Al final todo se trataba de repetir el reto a diario, de llegar y recibir como trofeo, a veces, una jarra de limonada fría -redundante sonará pero la provincia lo comprenderá, con limones mandarinos- hecha por mi mamá.

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CADENCIA

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Regresé hace dos semanas al seno del ciclismo (este año pintaba grandioso: Una cuesta de 17 km hasta el pueblo de Risaralda eran el inicio de un calendario deportivo de disciplina y retos) motivado esta vez por la posibilidad de entrenar bajo la tutela y dirección de los números y las estadísticas, quienes me tendrán que guiar – espero – hacia tener una forma competitiva adecuada para un cicloturista maduro.

Soy dos años mayor que Alberto Contador y podría ser el hermano mayor de Peter Sagan. De haberme dedicado en la infancia al ciclismo, mi cuerpo –o biotipo- me hubiera servido para ser pasero o sprinter. La media montaña, con entrenamiento y sufrimiento, me sonreiría de vez en cuando, pero las cuestas más empinadas, hubieran roto las fibras más profundas del alma combativa y de los músculos de las piernas.

Hoy conocí un circuito plano de 22 km en la carretera del norte. Rápido y seguro, donde la llovizna me acompañó la mitad del recorrido mientras no despegaba la mirada de un dispositivo que compré para que me revelara cada segundo los mecanismos ocultos del recorrido. Frecuencia cardiaca, velocidad, distancia, cadencia. Dirán muchos, que además de la prepotencia por hablar en primera persona, soy un snob. Pero se equivocan. El ciclismo es un deporte que reúne como ningún otro a la tecnología y a su madre, la física. No quiere decir esto que sea de los que hipoteca su vida para tener una bicicleta liviana como una conciencia tranquila. Tengo una bicicleta de aluminio que potencializa sus virtudes en la medida en que los kilogramos que se rebajen sean los del jinete. Y en ese reloj, atado al manubrio y resistente al agua, ví como, por ahora, la cadencia o los números de pedalazos por minuto, son una de las claves para dosificar las fuerzas en los caminos.

Leí que el número mágico está entre los 85 y los 105 giros del pedal en un minuto. En un tramo sin pendientes, fue fácil llevarlo entre 90 y 100 de forma constante. Sentí la lluvia en el rostro como un obstáculo para avanzar con mayor rapidez. Para el último giro, las piernas no estaban respondiendo y bajé por instantes el registro a 80. Pero al final, completé 45 km en hora y media. Fue como descubrir un talismán. Ahora, estudiaré la relación entre el corazón y las piernas, una obviedad dirán muchos, pero diástole y sístole hablan. Al fin de cuentas, el ciclismo es un ejercicio de coraje, un sentimiento donde a lo que hay que llegar es a romper el corazón cuando las piernas te han abandonado. Por eso, tengo un dispositivo que me mostrará en vivo y directo el momento en que ante la renuncia de las extremidades, lo que queda en el pecho se haga trizas.

EL JUGADOR DEL PARTIDO

De las noticias deportivas de los lunes, he gustado siempre de revisar en primer lugar los resúmenes de cada partido de fútbol en los que no falte la calificación individual de los jugadores. Existe entre los redactores deportivos una escala ya definida, donde no superan el 7.5 para calificar al mejor jugador, pero dan un trato benévolo a quien no cumplió un destacado rol, imponiendo el registro más bajo con un 5.0. Así, quien haya cumplido con su papel, sin destacarse, merece un 6.0.

 El semanario futbolero Nuevo Estadio no sólo daba una calificación numérica, sino que con una o máximo dos frases describía con maestría el desempeño de cada jugador. Conceptos parcos como “Rendidor”, “impasable”, “inseguro” o “fue el socio ideal”, se mezclaban con unos más elaborados como “La tuvo en el primer tiempo. No falló en su segunda oportunidad” o “unas de cal y otras de arena”. La calificación incluía al árbitro y al partido, y acompañada de una breve crónica de lo que había pasado, era el complemento ideal para la sagrada cita de los domingos en la noche con la emisión de los goles por el noticiero.

 Pensé en ello esta noche al terminar un partido de fútbol bajo techo, de donde salí derrotado y físicamente agotado y adolorido. Empecé jugando por una banda, errático en los pases y sin aportar marca. Tuve un tiro desafortunado y no calculado que pegó en un poste, un disparo que rozó un palo y otro que se fue por encima del arco cuando tenía toda la libertad para patear. Caminé la cancha y generé desconfianza entre mis compañeros. Intenté jugar de pivote generando espacios y al final bajé a defender cuando estaba mi equipo jugado al ataque. Ya nada quedaba de ese puntero derecho que aportaba en ataque en otras épocas, que jugaba hacia adentro con diagonales, descripción con que me vendí esta tarde cuando recibí la invitación. s

 Esta elegía deportiva es la mejor descripción de lo que pasó esta noche en el partido. Siento que debí retirarme hace mucho. Por allá en el 2009, en el último torneo empresarial donde llegamos hasta la semifinal con una decorosa participación de este exjugador. Hoy, si la rotativa estuviera a toda máquina, si fuera el redactor deportivo y tuviera que entregar mi crónica de lo que se vio esta noche, escribiría esto:

 Giraldo: ¿Jugó?. Calificación:1.5